Hay algo curioso que me ha pasado después de los 40: tengo más miedos… pero también tengo muchas más ganas de vivir.
Antes hacía algunas cosas sin pensarlas demasiado. Ahora no. Ahora mi cabeza analiza, calcula, imagina todo lo que podría salir mal y, si la dejo, puede construir 27 escenarios catastróficos en menos de cinco minutos. 😂
Tenemos más responsabilidades, una familia, trabajo, rutinas y una vida que ya está bastante armada. Y entonces aparece esa vocecita:
“¿Y tú para qué te vas a meter en eso ahora?”
Pero últimamente hay otra voz que intento escuchar un poco más:
“¿Y si no lo haces ahora… cuándo?”
Este viaje empezó precisamente ahí. Con miedo. Con dudas. Con una parte de mí convencida de que probablemente terminaría echándome para atrás.
Pero también con unas ganas enormes de demostrarme que todavía podía hacer cosas nuevas, salir de mi zona de confort y volver a encontrarme conmigo misma.
Un miedo que apareció después de los 40
Lo curioso es que viajar no era algo nuevo para mí. Había viajado muchas veces y durante años subirme a un avión era simplemente eso: subirme a un avión.
Hasta que dejó de serlo.
Después de una mala experiencia en un vuelo —esa historia se las contaré otro día— empecé a sentir algo que nunca antes había sentido.
Ansiedad al volar.
Y cuando digo ansiedad no me refiero solamente a ese nerviosismo que muchas personas sienten cuando el avión despega o hay turbulencia.
En mi caso, podía empezar mucho antes.
Solo saber que tenía un viaje próximo hacía que mi cuerpo reaccionara. Me dolía el estómago, sentía miedo, me costaba respirar y aparecía una sensación de emergencia difícil de controlar.
Mi cabeza podía saber perfectamente que estaba bien, pero mi cuerpo parecía estar convencido de que algo malo iba a pasar.
Y eso fue difícil para mí.
Porque de repente tenía que conocer y aprender a manejar una versión de mí que no conocía:
Yo, con miedo a volar.
Y había dos opciones.
Empezar a evitar los aviones y permitir que ese miedo fuera haciendo mi mundo cada vez más pequeño…
o buscar la manera de enfrentarlo.
Y hubo una situación en particular que hizo que para mí esa segunda opción dejara de ser opcional.
Mi hija me necesitaba.
Había una razón mucho más grande que mi miedo
En ese momento mi hija mayor tenía 12 años y estaba recibiendo un tratamiento médico en otro país.
Yo quería acompañarla.
Quería estar con ella durante ese proceso y no podía aceptar que mi miedo a subirme a un avión fuera a impedirme hacerlo.
Ahí entendí que necesitaba ayuda.
Busqué apoyo psicológico y tuve la suerte de encontrar un psicólogo maravilloso: práctico, directo, empático y con una manera de explicarme las cosas que a mí me funcionó muchísimo.
Me ayudó a entender qué estaba ocurriendo y me dio herramientas para esos momentos en los que mi cuerpo activaba todas sus alarmas aunque realmente no estuviera frente al peligro que sentía.
Aprendí cosas muy sencillas.
Respirar conscientemente. Abrir y cerrar las manos. Estirar los brazos. Buscar objetos de determinado color dentro del avión. Obligar a mi cabeza a concentrarse en algo completamente distinto.
Una de mis favoritas es intentar recordar qué tengo dentro de la nevera de mi casa. 😂
Empiezo a pensar: huevos, yogur, queso, fresas…
Lo que sea que consiga sacar a mi cerebro de ese estado de alarma y traerme otra vez al presente.
¿Desapareció completamente el miedo?
No.
Pero seguí viajando.
Con mi sustico, pero viajando.
Y para mí eso ya era una victoria.
Nota: esta es mi experiencia personal y las herramientas que me han ayudado a mí. Si la ansiedad está interfiriendo con tu vida, buscar apoyo de un profesional de salud mental puede ser un paso muy importante.
Pero había otra cosa que llevaba años queriendo hacer
Mientras aprendía a manejar este nuevo miedo, había otra idea que llevaba muchísimo tiempo rondándome la cabeza:
Quería hacer un viaje con amigas. Y nunca imaginé que ese primer gran viaje terminaría siendo un viaje a Bariloche con amigas del colegio.
Puede parecer algo normal.
Para mí no lo era.
Durante gran parte de mi vida siempre había sentido que estaba bajo la tutela de alguien. Primero mi papá. Después mi esposo. Luego llegaron los hijos, la casa, el trabajo y todas esas responsabilidades que vamos acumulando casi sin darnos cuenta.
Había viajado muchas veces, claro.
Pero irme varios días simplemente porque yo quería hacerlo, sin mi esposo, sin mis hijos y sin tener que organizar la vida de nadie más…
Eso era diferente.
Quería experimentar qué se sentía viajar siendo responsable solamente de mí.
Decidir dónde quería comer.
Qué quería hacer.
A qué hora quería levantarme.
Si quería caminar, descansar, tomarme un café o cambiar los planes.
Yo conmigo.
Y aunque llevaba años queriendo vivir esa experiencia, siempre encontraba alguna razón para dejarla para después.
Hasta que apareció Bariloche.
Una cena en Bogotá y una pregunta que lo cambió todo
Un día estaba cenando en Bogotá con una amiga querida del colegio a la que no veía desde hacía años.
Imagínense.
Habían pasado años, nuestras vidas habían tomado caminos diferentes, habíamos formado familias, trabajado, cambiado muchísimo…
Y allí estábamos otra vez.
Entre conversaciones, risas y buena comida, me dijo:
—Yoa, ¿por qué no te sumas al viaje? Vamos a Bariloche con dos amigas más. Seríamos cuatro.
Bariloche.
Un lugar que siempre había querido conocer.
Y yo inmediatamente:
—¡Sí! ¡Me encantaría!
😂
El problema es que mientras mi boca decía que sí, dentro de mi cabeza otra Yoanna decía:
“Sí, claro… tú sabes perfectamente que no vas a ir.”
Porque una cosa era emocionarme durante una cena en Bogotá y otra regresar a mi casa y pensar en todo lo que implicaba.
¿Irme una semana?
¿Sin mi familia?
¿Quién organizaba todo?
¿Y los niños?
¿Y mi esposo?
¿Y el trabajo?
¿Y encima tenía que subirme SOLA a un avión?
Mi cerebro empezó inmediatamente con sus famosos 27 escenarios catastróficos.
Era ahora o nunca
Pero esta vez había algo diferente.
Realmente quería ir.
Así que un día respiré y le dije a mi esposo:
—Mira… ¿a ti no te importa que me vaya una semanita a Bariloche con mis amigas del colegio?
Se volteó, sin darle demasiada importancia, y me dijo:
—No vale, lo que tú quieras.
😳
Creo que jamás se imaginó que yo realmente iba a hacerlo.
Y ahí ocurrió algo fundamental.
Compré el pasaje.
No seguí esperando a sentirme completamente segura.
Porque si esperaba a que desaparecieran todas mis dudas y miedos, probablemente nunca lo compraría.
Coordiné con mis amigas, saqué el boleto y oficialmente me iba a Argentina.
Estaba emocionada.
Y aterrada.
Feliz.
Y nerviosa.
Con ganas de ir.
Y con ganas de cancelar unas cuantas veces.
Todo al mismo tiempo.
El viaje comenzó en Panamá, conmigo y mi café

Recuerdo perfectamente estar sentada en el aeropuerto de Panamá esperando mi vuelo.
Tenía mi café, mi carry-on y todos esos pensamientos dando vueltas en mi cabeza.
Llamé a mi mamá.
Y mientras hablaba con ella me parecía casi un sueño.
Yo estaba ahí.
Sola.
Esperando un avión para comenzar un viaje que durante años había querido hacer pero que nunca me había permitido.
Por supuesto que tenía mi sustico.
Pero debajo del miedo había otra sensación que empezaba a aparecer.
Estaba orgullosa de mí.
No porque hubiera dejado de tener miedo.
Sino porque estaba ahí a pesar de él.
Y creo que ahí empezó realmente el viaje.
No cuando aterrizó el avión.
Sino cuando entendí que podía sentir miedo y seguir adelante de todas maneras.
Y entonces llegué sola a Buenos Aires…
Llegué a Buenos Aires alrededor de la medianoche y me fui al hotel que me habían recomendado porque quedaba cerca de la casa de una de mis amigas.
Hasta ahí, todo bien.
Pero cuando llegué tuve mi primer momento de:
“Yoa… ¿dónde te metiste?” 😂
El ascensor era diminuto.
De esos antiguos con doble puerta donde sólo cabíamos mi carry-on y yo… y nada más.
Después de todas las vueltas que había dado en mi cabeza antes del viaje, ahí estaba yo: sola, con mi maleta, metida en aquel ascensor minúsculo en Buenos Aires.
Y aunque suene extraño…
Me sentía feliz.
Mi llegada a Buenos Aires: yo, mi carry-on y un ascensor donde casi no cabíamos los dos. 😂
La habitación tampoco era exactamente lo que había imaginado.
Era pequeña, sencilla, medio hippie. El pasillo era oscuro y confieso que al entrar tuve unos segundos de:
“Bueno… interesante.” 😂
Pero tenía todo lo que necesitaba.
Dejé mis cosas, me acosté en aquella camita y pensé:
“Bueno… ya estoy aquí.”
Cansada, emocionada y todavía tratando de creer que realmente me había atrevido a hacerlo.
Y ese momento fue mucho más importante de lo que parece.
Porque estaba sola en Buenos Aires.
Había tomado el avión.
Había llegado.
Había encontrado el hotel.
Había sobrevivido al ascensor. 😂
Y estaba bien.
Esa noche empezó otra parte de la historia
Esa misma noche me encontré con dos de mis amigas en un barcito.
Y desde ahí estuvimos juntas durante los siguientes siete días.
Habían pasado más de 25 años desde aquellos días del colegio.
Éramos las mismas…
y obviamente ya no éramos las mismas.
Cada una había vivido su propia historia. Habíamos crecido, trabajado, pasado momentos buenos y otros no tan buenos.
Pero hay amistades con las que ocurre algo curioso y sobre todo esas de cuando uno es chiquito.
Pueden pasar años y cuando vuelves a encontrarte, hay una parte de ti que las reconoce inmediatamente, pero como si tuvieras 15 años otra vez 🤣.

Éramos amigas del colegio. Pasaron más de 15 años, nuestras vidas tomaron caminos distintos y un día volvimos a encontrarnos. Nunca imaginé que ese reencuentro terminaría llevándonos juntas hasta Bariloche.
Y ahora sí: rumbo a Bariloche
Después de Buenos Aires llegó el momento que todas estábamos esperando.
Nos íbamos juntas a Bariloche.
Y ahí cambió completamente la energía del viaje.
Ya no estaba sola pensando en el avión, en mis nervios o en si había sido una buena idea venir.
Ahora éramos cuatro mujeres hablando al mismo tiempo, riéndonos, cargando maletas, tomando fotos y emocionadas por todo lo que venía.
Por unos días dejamos atrás trabajo, casas, rutinas, responsabilidades y esa lista mental interminable que muchas cargamos todos los días.
Éramos simplemente cuatro amigas de viaje.
Y eso se sintió maravilloso.
Bariloche nos recibió y entendí por qué siempre había querido conocerlo
Y entonces llegamos.
Montañas.
Lagos.
Bosques.
Ese cielo azul.
Ese frío delicioso.
Y unos paisajes que por momentos parecían irreales.

Claro que Bariloche es espectacular.
Pero cuando recuerdo ese viaje, curiosamente, no son solamente los lugares los que aparecen en mi cabeza.
Recuerdo las conversaciones.
Las carcajadas.
Los chistes que solamente nosotras entendíamos.
Las fotos bonitas…
y las fotos completamente ridículas. 😂

Y quizás una de las cosas que más disfruté fue precisamente eso.
Volver a sentir esa ligereza.
A veces crecemos, asumimos tantas responsabilidades y nos acostumbramos tanto a ser la persona que resuelve, organiza y está pendiente de los demás que se nos olvida que esa versión divertida, espontánea y un poquito loca de nosotras todavía está ahí.
No desapareció.
Quizás solamente necesitaba que la invitáramos a salir otra vez.
Y de repente estaba manejando por la Patagonia
Hay una imagen de ese viaje que me encanta.
Yo manejando – tipo viejita, porque me daba miedo todos los letreros en la vía de calzada con hielo.
Mis amigas conmigo.
El lago apareciendo entre las montañas.
Y yo pensando:
“Menos mal que vine, esto es subrealista.”

Porque me di cuenta de algo.
Antes del viaje, el miedo había ocupado muchísimo espacio.
Pensé en el avión.
Pensé en dejar mi casa.
Pensé en viajar sin mi familia.
Pensé en todo lo que podía salir mal.
Pero una vez allí…
el miedo empezó a ocupar cada vez menos espacio y la vida empezó a ocupar muchísimo más.
Y esa es una sensación que no quiero olvidar.
Los pequeños momentos también fueron parte del viaje
No todo fueron grandes paisajes.
También fueron los cafés.
El chocolate.
El mate frente al lago.
Las empanadas.
Las conversaciones que se alargaban.
El cansancio después de caminar.
Las risas por cualquier tontería.

Y creo que precisamente ahí estaba una parte importante de lo que yo necesitaba.
No hacer nada extraordinario.
Simplemente estar presente.
Disfrutar un café sin estar pensando en lo siguiente que tenía que resolver.
Sentarme frente a un lago.
Conversar.
Reír.
Mirar alrededor.

Puede parecer algo pequeño.
Pero a veces necesitamos salir de nuestra rutina para recordar lo bien que se siente simplemente estar.
Hubo un momento en el que simplemente agradecí
Y después hubo momentos en los que no necesitaba hablar.
Solamente mirar.
Recuerdo estar frente al lago, rodeada de montañas, con un cielo azul increíble y pensar:
Qué regalo estar aquí.
Ese momento para mí resume muchísimo de este viaje.
Porque meses antes Bariloche era solamente un lugar que algún día quería conocer.
Y ahora estaba ahí.
Había tenido miedo.
Había dudado.
Había pensado que probablemente no iría.
Y sin embargo…
ahí estaba.
Después de los 40 he aprendido que no quiero esperar siempre a que llegue el momento perfecto.
Porque quizás no llegue.
Siempre habrá trabajo.
Siempre habrá responsabilidades.
Siempre habrá algo pendiente.
Y probablemente siempre habrá algún miedo.
Pero también hay una vida ocurriendo mientras tanto.
Lo más bonito estaba al otro lado del miedo
Hay otra imagen de ese viaje que para mí lo dice todo.
Yo dentro del agua helada, de espaldas, mirando las montañas con los brazos levantados.

Cuando veo esa foto pienso en todo lo que tuvo que pasar para que yo estuviera exactamente ahí.
La mala experiencia en el avión.
La ansiedad.
Buscar ayuda.
Seguir volando.
Reencontrarme con mis amigas.
Atreverme a decir que sí.
Comprar el pasaje.
Salir sola de Panamá.
Llegar a Buenos Aires.
Y finalmente estar ahí.
Frente a aquellas montañas.
Libre.
Feliz.

Agradecida.
Y pensé algo que hoy intento recordar cuando vuelve a aparecer esa vocecita del miedo:
mira todo lo que había al otro lado.
No regresé convertida en una mujer sin miedo
Y esto es importante.
No volví de Argentina mágicamente curada de todos mis miedos.
No.
Todavía puedo ponerme nerviosa cuando tengo que volar.
Todavía pienso demasiado algunas cosas.
Todavía puedo imaginar 27 escenarios catastróficos antes de tomar una decisión. 😂
La diferencia es que ahora intento no permitir que el miedo tenga siempre la última palabra.
Porque entendí algo que quiero llevarme conmigo:
Ser valiente no significa dejar de tener miedo. A veces significa hacerlo con miedo, con dudas y con esa vocecita preguntándote “¿estás segura?”… y contestarle: “No mucho, pero vamos.” 😂
Y llegó el momento de regresar a Panamá
Después de tantos días juntas llegó la despedida.
Había que volver.
A los hijos.
Al esposo.
Al trabajo.
A la casa.
A las rutinas.
A nuestra vida.
Y sí, estaba feliz de regresar.
Extrañaba a mi familia y tenía ganas de abrazarlos.
Pero mientras estaba nuevamente en el aeropuerto esperando mi vuelo pensé en la mujer que había estado allí unos días antes.

Me había ido con miedo.
Con dudas.
Preguntándome si realmente iba a ser capaz.
Y regresaba con una respuesta.
Sí podía.
No porque todo hubiera sido perfecto.
No porque hubiera dejado de sentir miedo.
Sino porque había aprendido que podía sentirlo y aun así seguir adelante.
Regresé a la misma casa, a la misma familia, al mismo trabajo y a la misma vida.
Pero había algo diferente.
Yo confiaba un poquito más en mí.
¿Y tú, qué llevas años queriendo hacer?
Quizás para ti no sea viajar sola.
Tal vez siempre has querido aprender a bailar.
Empezar un deporte.
Hacer un viaje con amigas.
Volver a estudiar.
Ir sola a algún lugar.
Aprender otro idioma.
Crear un proyecto.
Conocer gente nueva.
Cambiar algo de tu vida.
O simplemente empezar a decir sí a algunas cosas a las que llevas demasiado tiempo respondiendo que no.
No quiero decirte que después de los 40 “podemos hacer cualquier cosa” y que simplemente tienes que perder el miedo.
Porque yo todavía tengo miedo.
Lo que sí quiero decirte es esto:
no esperes necesariamente a que desaparezca para empezar a vivir.
Quizás puedes hacerlo con un poquito de miedo.
Con dudas.
Preparándote.
Buscando ayuda cuando la necesites.
Dando pasos pequeños.
Pero avanzando.
Porque cumplir años no debería significar empezar a hacer nuestra vida cada vez más pequeña.
Quizás puede significar exactamente lo contrario.
Conocernos mejor. Atrevernos más. Elegirnos también a nosotras. Y recordar que todavía nos quedan muchísimas primeras veces.
Y cuando aparezca esa vocecita:
“¿Y tú para qué vas a hacer eso ahora?”
Quizás podamos empezar a contestarle:
“Precisamente porque es ahora.”
Ese mismo espíritu es del que hablo en otro artículo, donde cuento cómo honro quien fui y abrazo quien quiero ser.
Cada día es un regalo, y elijo vivirlo agradeciendo la bendición de estar aquí. Gracias por existir, por soñar, y por permitirme acompañarte. Somos uno con el Universo.
Bienestar con 40


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